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Mostrando entradas con la etiqueta Literatura cajamarquina. Mostrar todas las entradas
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No siempre nos decidimos a tiempo, tampoco damos media vuelta para salvar lo inevitable; antes bien, seguimos con nuestros pasos, de espaldas a las promesas, también a quienes nos esperan. Tenía algunos días en Cajamarca; había llegado buscando aquel sosiego que una ciudad provinciana puede ofrecer a quien se encuentra crispado por la vida en la capital. O acaso se trataba de una proyección mía que nada tenía que hacer con la ciudad. No sabía, con todo, que el ambiente del carnaval me haría cambiar de planes. Cuando me di cuenta, contrariamente a mis deseos y también a mi forma habitual de ser, asistía al bando de carnaval, seguía de cerca el corso —aquel larguísimo desfile de barrios disfrazados (el tema del año era incas contra conquistadores)—, y brindaba con la chicha de jora. Nunca antes había visto una ciudad invadida por una euforia semejante, por ese fervor voluptuoso que poseía incluso al más indiferente. Tanto que, de pronto, sentía en mí un deseo, cada vez más inapelable, por disolverme en esa vitalidad, deshacerme de forma definitiva en ella.
Sin querer, mis pasos por la ciudad me seguían llevando hacia quien dejaría sin excusa o promesa alguna. Era Jueves de Compadres, la gente se reunía en el centro de la plazuela del barrio “San Pedro” para atrapar, a eso de la medianoche, el cabo de una cinta colorida. La persona que tuviera el otro extremo de la cinta sería el “compadre” o la “comadre” con quien se compartiría, bajo pretexto de la fiesta, el resto del carnaval. “Ya sabía que era fea”, me dije apenas la vi, con esa sonrisa que aprendí a interrogar, sin descifrar, esa misma noche. Conforme pasaron las horas a su lado, cuajó una forma de cercanía, parecida a la amistad pero más deseosa de ya ser otra cosa. No era que me haya atraído por su humor, tampoco era su elocuencia, antes bien ella era más discreta que cualquier otra chica que había conocido; simplemente, era esa sensación de iniciar juntos algo que parecía excitarnos, empujarnos por las calles cajamarquinas. Cuando llegó la mañana, nos abrazamos al doblar cualquier calle, al tiempo que la ciudad apagaba, una a una, sus farolas.
El resto de noches fue un descubrimiento mutuo. Sentía como si de repente mi rostro perdiera consistencia, se chorreara hasta dejar ver lo que había por debajo de él, mis verdaderos rasgos. De pronto, Fátima (ése era su nombre) ocupaba un lugar en mi vida, entregaba un sentido a mis vagabundeos, me esperaba a una hora y en un  lugar hacia los cuales me precipitaba detrás de la lluvia. En medio del carnaval, mientras la ciudad se emborrachaba, nos encontrábamos debajo de una farola, en una esquina. Nos bastaba advertirnos a lo lejos para precipitarnos uno contra otra, buscar nuestros abrazos y nuestros labios. Ya de madrugada, la llevaba a mi pensión, donde nos apurábamos en revelarnos quiénes éramos, desvestir nuestros cuerpos ansiosos por encontrarse. Sin embargo, pronto se hizo evidente la falta de ciertas palabras, como si hubiésemos perdido la ruta, sin poder encontrar nuestra posición en el mapa de la ciudad.
Por eso, no recuerdo quién fue el primero que empezó a hablar de comenzar algo juntos, algo de verdad. Mientras la espero en esta esquina y veo aparecer el cortejo fúnebre del Ño Carnavalón, pienso de nuevo en aquella última vez. Me quedaban algunos días más en Cajamarca, pese al poco tiempo que había pasado en la ciudad, mi vida limeña ya me parecía distante. De repente recordaba la morosidad del trabajo, las repetidas discusiones con Andrea. Todo eso empequeñecía frente a las palabras que Fátima y yo intercambiábamos, nuestros proyectos y promesas que, gracias a su entusiasmo ciego, empezaban a vestirnos, acaso a disfrazarnos. Sentía como si, por primera vez, fuera fiel a todo lo que desde siempre había querido para mí. Cuando me desperté, a la mañana siguiente, Fátima ya no estaba a mi lado. Recordaba vagamente, a la hora en que el cielo comienza a aclararse, antes de que el sueño me atrapara, el haberme acercado más a ella, escuchado con atención lo que necesitaba decirme. Pero sobre todo recordaba su mirada, mientras quería hablarme de otra persona, entendí que un hombre. No quise saber nada más. Me llevé un dedo a los labios y le dije que todo eso ya era pasado.
El desfile fúnebre sigue su camino. Como de costumbre, enterrarán al señor del Carnaval en el barrio donde se encuentran las termas del Inca. Las comparsas lloran al rey de la fiesta; los españoles se abrazan con los incas en un llanto que tiene de grotesco y también de teatral. No sé por qué, me dije que mañana, a la misma hora, debería regresar al trabajo, llamar a Andrea, cenar con ella por la noche, tal y como habíamos convenido. Sentí que una multitud de promesas se me amontonaban en la garganta. Mañana, a la misma hora también, los empleados municipales habrían limpiado del todo la ciudad, todos esos hombres y mujeres disfrazados como pobladores de una época perdida regresarían a la rutina con la cual estaban hechos sus días. La lluvia empieza a caer a chorros sobre la Cajamarca; la gente corre a guarecerse en cualquier parte. De pronto, la sensación de estar haciendo algo sin sentado me posee. ¿Qué demonios esperaba de esa mujer que apenas conocía? A mi lado un par de hombres, montados en una camioneta último modelo, sacan la cabeza para insultar a unos peatones: “indios de mierda”, gritaron. Los insultados responden como pueden, lárguense de aquí, limeños. Enciendo un cigarro y me dirijo al hotel, me precipito a no perder nada. Todavía puedo llegar a tiempo al aeropuerto. Cuando llego a la esquina, se me ocurre voltear. Veo a Fátima, entusiasta, incrédula, resignada, antes de orientar sus pasos por Cajamarca, la misma ciudad a la que le doy la espalda, entre la lluvia y las farolas que se encienden una a una.

Tours, enero 2014.

***
Félix Terrones (Lima, 1980). Escritor, ensayista y crítico literario. Ha publicado las novelas cortas A media luz (PUCP, 2003), la novela El silencio de la memoria (Mundo Ajeno, 2008), el libro de cuentos Cenizas y ciudades (SUB-urbano, 2014), la colección de microrrelatos El viento en tu cara (Nazarí, 2014) y la novela Ríos de ceniza (Textual Editores, 2015, presentada en Cajamarca por Daniel Sáenz More, el 28 de agosto de 2015). Es doctor en literatura por la Université Michel de Montaigne Bordeaux III, ha editado una antología de la obra Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. También ha traducido la novela Conquistadors del novelista francés Eric Vuillard. Vive en Tours, Francia.

La piedra que él canta es la de su contorno en la prisión. Poema anafórico, como los de Vallejo y Neruda, revela angustia a ratos tan intensa que no encuentra la expresión buscada, Julio Garrido Malaver está en proceso de nuevos rumbos. Orrego, el mismo que descubrió a Vallejo, escribe en el prólogo: “…versos escritos en el encalado de la pared carcelaria con bastos trozos de carbón, únicos materiales de los que disponía el poeta para su magnífico despliegue de canciones murales, allí donde sólo habían imperado siempre, agazapados, los gemidos y las sombras de los desgraciados. De esta suerte, he sido testigo constante y fehaciente de su obra. Por eso sé que detrás, en la hondonada densa e invisible, está el dolor agónico, las horas sajadas por la congoja; arriba, en el vértice diáfano, visible ya para todos, está la cosecha de luz. Sé el calvario jadeante y tenebroso que ha costado la siembra (…)”.
Maurilio Arriola Grande | Diccionario Literario del Perú (1996), T. 1, p. 421. Lima: Brasa

3
Muchas veces
he sorprendido al Viento, arrodillado, como un niño
junto a la piedra,
rogándole que vuelva a caminar, como ella caminaba,
hacia lo que es ahora,
rogándole que diga lo que decía de sí misma
y lo que vio cuando de todas partes, en la Tierra,
emergía la voz en carne humana.

He sorprendido al Viento golpeando a la piedra
para hacerla entregar flor de suyo,
latido de su entraña,
destello de su esencia.
Pero la piedra, indiferente y dura,
ha seguido pensando su silencio
que ahora puede oír mi corazón
como se oye la voz de tan lejana
en imagen sutil que nos conmueve
hasta lo más secreto que llevamos
y que nos rompe algo de cristal
que se nos va cayendo en la palabra.

27
Cuando aquí,
los anillos se cierran hasta hacernos crepitar los huesos
y se nos van cayendo, una por una,
muchas páginas de esperanza:
apoyamos las sienes febriles, febricentes,
en el muro de la piedra
y nos quedamos horas de vacío,
quizá siglos de nada,
hasta que la serenidad de la piedra
que de tanto mirarnos parece que nos horadara en lo recóndito,
dicta para nosotros, sin gestos ni palabras,
el consuelo de sabernos libres,
de esa libertad perpetua que es equilibrio y no sucumbe con el hombre
por más que lo horizonten de muros y castigos,
de fosas y cadenas
y hasta de la Muerte que ellos creen que existe
pero que nunca ha de existir para nosotros…

28
¿Por qué ha tenido que ser aquí, donde estamos atados
a lo pequeño del Tiempo que se rompe, doliéndonos,
que comprendamos tantas cosas azules,
tantos colores del espectro vital
que es la existencia humana?

Ha de ser porque, aquí,
—donde a veces el cielo
es tanta lejanía que ya ni presentimos
y la luz hace fintas para no posarse en las heridas
que nos sangran
hasta la ineficacia de ser rojas—
nos acercamos un tanto luminoso a lo profundo de la piedra;
y la piedra nos da sin darnos nada
la aspiración de ser eternidad total…

30
Yo creo que en cada piedra americana,
a más de su propia perfección y grandeza,
a más de su actitud de eternidad,
a más de su presencia que no admite todavía negaciones absolutas,
moran: un alma de laboreo cotidiano de su esperanza y de su luz
y hasta las alas múltiples
que no redondearon la plenitud de vuelos infinitos…

Ha de ser por eso,
que en la pétrea soledad de nuestras montañas,
cuando estamos a solas con nuestra alma
sentimos que la piedra nos oprime hasta el grito,
nos dilata hasta la ansiedad del abismo,
nos conturba hasta hacernos olvidar de nosotros;
y luego nos arroja, como a cantos rodados,
para seguir cayendo y levantando en las sierpes castigadas
de los difíciles caminos en cuyos recodos
se agazapa una muerte que no existe
y que mata únicamente a lo que nació sin destino…

Por eso ha de ser que, cuando estamos a solas con la piedra,
nos parece que el cielo está más cerca de nosotros;
y que si las estrellas no se sumergen,
una a una, en nuestra sangre,
será porque todavía las necesita el cielo
para seguir siendo la perfección azul del infinito…

Por eso ha de ser,
que siempre que nos hemos acercado y nos acercamos aún a la piedra
y tratamos en ella de imprimir nuestro gesto mejor
y nuestro más buen sueño,
como el más hondo dolor de todos los dolores…



Julio Garrido Malaver (Celendín 1909 – Trujillo, 1997). Poeta cajamarquino. Estudió Derecho en la Universidad de Concepción en Chile y en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima. Destacan sus obras: Palabras de tierra (1944), La dimensión de la piedra (1955, con prólogo de Antenor Orrego) y Poesía (1988, que es una recopilación hecha por César Calvo).

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