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ALFREDO PITA nació en 1948 en Celendín, norte andino del Perú. En 1999 su novela El Cazador ausente recibió el Premio Internacional Las Dos Orillas del Salón del Libro Iberoamericano en Gijón (España), lo que implicó su edición simultánea en España, Francia, Portugal, Alemania, Italia y Grecia. En el Perú recibió el Premio Poeta Joven durante el Encuentro Nacional de Poetas Peruanos (1966), y el Premio de Cuento discernido por la revista Caretas (en 1986 y 1991 respectivamente). Sus textos figuran en distintas antologías sobre literatura latinoamericana publicadas en Europa. Valga destacar la labor de Pita como intelectual público. Durante los años 80, al comienzo del terror en el Perú, Pita cubrió la información en Ayacucho, en el centro de la violencia. Pita vive en París y trabaja para la Agencia France Presse. Contrario a su compatriota Mario Vargas Llosa, quien desde los años 80 hasta hoy en día ha abogado por el neoliberalismo y por regímenes de derecha, Pita mantiene su posición y continúa la defensa de los derechos humanos a través de su labor periodística.
Pita empezó a escribir narrativa a finales de los años 70 y comienzos de los 80. Pertenece al grupo de escritores cuya vida se vio afectada por los hechos históricos de la década del 70, y especialmente, por los acontecimientos posteriores a 1979. Sus contemporáneos conforman lo que algunos han denominado “generación del desencanto” (González Vigil 20-21), la cual vivió la crisis sociopolítica y económica de los años 80 en el Perú, época de gran violencia. Pita vivió el estímulo de la Revolución Cubana, admiró el Boom de la literatura latinoamericana y militó en la izquierda. Hoy en día el autor tiene una visión más crítica frente a la política, pero mantiene el optimismo y el compromiso en la lucha por un Perú inclusivo para todos y exento de autoritarismo.
Pita dice haber adquirido conciencia en los años 60 y madurado en los 70 y 80 (La República 2-3). El peruano escribió su primer libro de cuentos a finales de los años 70 y comienzos de los 80. Tanto González Vigil como Niño de Guzmán comentan sobre la situación sociopolítica y económica de los años 80, en la cual predominó la violencia y el empobrecimiento de la población. La violencia provino tanto de Sendero Luminoso, como de las Fuerzas Armadas y Policiales. A la “guerra sucia” se le sumó la delincuencia común y el tráfico de drogas, aspectos todos que el lector de Pita encuentra en su narrativa. Como afirma Peter Flindell, las condiciones empeoraron, el malestar social se incrementó y varias huelgas nacionales tuvieron lugar en las ciudades y el campo. Siguiendo al historiador, el crimen callejero y la violencia social y política aumentaron rápidamente. Según Flindell el número de crímenes reportados subió de 123.230 en 1980 a 152.561 en 1985, y la violencia de Sendero Luminoso y los secuestros de grupos como el MRTA se incrementaron (Flindell Klarén 376). Así pues, el nivel de violencia de los años 80 en el Perú dejó huella en escritores como Pita y produjo una cuentística truculenta que da testimonio de esta “época de los cadáveres”, como la llaman algunos. Valga aclarar que el peruano escribió la mayoría de los cuentos que componen Y de pronto anochece en los años 70, época también marcada por la violencia.
Por su parte, Julio Ortega incluye a Pita en el grupo de escritores que “oponen al monólogo del trauma nacional la ironía compartida (de linaje ribeyrano) y el gusto por las voces des-autorizadas (de estirpe bryceana)”:
Pero serán Fernando Ampuero, Isaac Goldemberg, Guillermo Niño de Guzmán, Alfredo Pita, Alonso Cueto, Abelardo Sánchez León, Alejandro Sánchez Aizcorbe, Carmen Ollé, Rocío Silva Santisteban quienes reconstruirán la casa del relato peruano como albergue en la intemperie. Sus héroes y heroínas (cuya dicción familiar sutura la violencia) viven los ritos de la socialización como si disputaran el alma al mercado. Los anima una intimidad desapacible, la nostalgia sin nombre de lo genuino. Pero si la comedia social es de por si inauténtica, estos personajes se buscan en la incertidumbre del diálogo. Todos ellos recusan un mundo mal construido pero no es ya un medio inexorable e incólume, sino un teatro cambiante donde oponen al monólogo del trauma nacional la ironía compartida (de linaje ribeyrano) y el gusto por las voces des-autorizadas (de estirpe bryceana). En Caramelo verde (2002), Ampuero logra la mejor comedia de la socialización peruana: el aprendiz del mercado es iniciado en el comercio de la droga, aprende el embuste y la trampa, pero huye y desaparece en la selva, fuera de lo legible. Ya no como en La vorágine de José E. Rivera tragado por ella, sino como una cura en salud. Alonso Cueto en Grandes miradas (2003) se propone lo más difícil: la historia política de corrupción y violencia de Fujimori y Montesinos, feroces y banales (“Relato peruano de entre siglos” 2).
Villamil, M. “Narrativa peruana: el caso de Alfredo Pita. Algunos aspectos de su cuentística”. Espéculo 44 (2010): Universidad Complutense de Madrid.

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