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Estuve residiendo en Cajamarca durante año y medio (de junio de 2010 a diciembre de 2011), y pude enterarme directamente cómo transcurre su actual proceso literario.
En Cajamarca (capital del departamento del mismo nombre) vive –sin temor a equivocarme– uno de los novelistas más inquietantes del norte del Perú: el sacerdote inglés (nacionalizado peruano desde la década del ’70), Miguel Garnett Johnson (Londres, 1935), quien es autor de más de media docena de novelas de éxito regional pues en su mayoría han sido reeditadas y destacan por ser de clara índole realista e histórica.
Desde Rondo (1988) hasta su más reciente producción, Yo, Cornelio (2010), Garnett ha sabido trazar básicamente una cosa: un retrato del peruano en algunos de los momentos más importantes de su historia, tal como se aprecia en las novelas que repasan hechos de la Guerra del Pacífico (Cañadas oscuras, 1994 y Tiempos van, tiempos vienen, 1998) o aquel contexto tan difícil como fue el de la guerra interna durante las recientes décadas del 80 y 90 (Catequil, 1990).
Asimismo, audaces representaciones de nuestra idiosincrasia y comportamiento socio-cultural a niveles local y nacional, como ocurre en las novelas Rondo, Don Jasho (2002) y A ojo de pájaro (2005); siendo una excepción (con el tema de lo peruano) su reciente novela Yo, Cornelio, en el que aborda un contenido directamente sacro como es la vida de Jesucristo, ampliando de esta forma el perfil de su espacio narrativo.
Otro de los escritores que destaca también en narrativa, pero en un rubro que juega en pared con el de Garnett por tratarse de una especie totalmente antagónica en su extensión, es William Guillén (natural de Hualgayoc y de larga estancia en Cajamarca), quizá uno de los más prolíficos microcuentistas del país. Desde su primer libro, Los escritos del oidor (2006), ya Guillén se perfilaba como tal. Y los lectores lo hemos corroborado con la posterior aparición de Lo que yo barman oí (2010) hasta el más reciente, Cuaderno de almanaquero (2011), tal vez el más extenso y ambicioso libro de microficción en el Perú, compuesto nada menos que por 365 textos dedicados cada uno a un día (o santo) del año; es decir, un libro que, a manera de agenda, nos invita a leer un microtexto cada fecha del calendario. Pero el trabajo de Guillén no termina aquí, sino que es destacable también el hecho de que, además de dedicarse a la poesía, género en el que ha recibido más de un reconocimiento nacional, sea editor por partida doble, ya desde Petroglifo, el sello que dirige desde hace unos años, como desde Sumeria, su reciente aventura que, en estos últimos meses, se ha unido a proyectos ambiciosos junto a sellos como Lluvia, Martínez Compañón y el Fondo Editorial de la minera Lúmina Cooper. Destaca aquí la reciente aparición de los Cuentos del Tío Lío Lino de Andrés Zevallos, el cual, al cumplir treinta años de su primera edición, ha sido lujosamente impreso en tapa dura y vistoso formato A4.
Por otro lado, el principal revisor de la literatura que se hace en este departamento, es definitivamente el crítico y docente Luzmán Salas Salas (Cutervo, 1941), dueño de una gran cantidad de estudios y un activo seguidor de la literatura infantil en el Perú. Su más reciente obra, La prosa de los cajamarquinos (2010), es el mayor ejemplo de un trabajo denodado, paciente y cuidadoso con respecto a todos los géneros narrativos y sus cultores en ese departamento. El estudio intenta ser lo más amplio posible, y en sus 463 páginas podemos encontrar la información más actual sobre el tema hasta el día de hoy. Verdaderamente recomendable.
El liberteño (pero cajamarquino por adopción) Guillermo Torres Ruiz (Casa Grande, 1956), quien fue reconocido alguna vez como el mejor declamador del Perú, es autor de varios opúsculos de poesía. Los más actuales, Y se eclipsó la luz (2008) y Como presagio de cenizas (2010), muestran una expresión vibrante y un lenguaje limpio que se remiten siempre a contenidos de un claro sentir personal. Mientras que su reciente libro de cuentos infantiles, Como una ronda de espigas (2010), trae la tersura de un lenguaje apropiado para niños y la imaginación que éstos esperan del autor.
Antonio Goicochea Cruzado, nacido en San Miguel (1946), provincia intestina en Cajamarca, aunque de larga residencia en la capital del departamento, ha publicado algunos textos de su creación lírica y narrativa, como Cantata a San Miguel (1999), Paideia (2010) y Teluria y ensueños (2010).
Sin embargo, a partir de su trabajo como maestro itinerante se convirtió el año pasado en un excelente recopilador de la literatura del interior, logrando sacar adelante, con el importante apoyo del Ministerio de Educación, la OEI y la Comunidad de Madrid, tres volúmenes con un variado muestrario de las literaturas de San Miguel, Celendín y Cajamarca; se trata del trabajo titulado Encender lecturas sin apagar culturas, que recuerda mucho lo hecho en décadas anteriores por Alfredo Mires Ortiz, responsable de la Red de Bibliotecas Rurales.
Nacido en Sucre (provincia de Celendín), pero de prolongada presencia en la ciudad de Cajamarca, Gutember Aliaga Zegarra –dueño de algunas distinciones literarias de orden regional– ha diversificado su labor creativa en los más importantes géneros y puesto en circulación el volumen de cuentos El sueño del floripondio (1999), el poemario Fibras del tiempo (2003), el libro de crónicas Historia sucrense (2007), publicado al alimón con su coterráneo Olindo Aliaga Rojas, así como Avatares… y relatos al paso (2011).
Carlos E. Cabrera Miranda (Lima, 1963), es también un escritor de variada preferencia creativa. Tiene en su haber dos libros de poesía: Columbario (2006) y Quietud (2010); solo he leído el segundo, que se inspira en el sosiego que nos obsequia la naturaleza como un atributo permanente. Un importante logro es su condición de finalista en el Premio Copé de Cuento (1998), de donde deviene la publicación de su libro Los colores del cielo (2002) que, a decir de Luzmán Salas, permite “captar con precisión el alma fraterna, solidaria y social de la gente común”.
Como ocurre con los escritores anteriores, Jorge Pereyra Terrones (Cajamarca, 1952) incursiona también en poesía (Valles de sueños verdes, 2003; La otra mitad del amor, 2005; Versos perversos, 2006, etc.) y narrativa (La puerta del viento, 1985; La lengua del silencio, 2001).
Aunque su obra debe ser entendida también desde su trayectoria vivencial y su principal oficio, el de periodista, carrera que lo ha llevado por algunos países de nuestro continente, diversificando y nutriendo mejor sus contenidos argumentales.
La profesora Socorro Barrantes Zurita, natural de Cajamarca y docente de profesión, tiene un trabajo personal compuesto por el libro Entre luces y sombras germina nuestro tiempo (2003), y por su labor de compilación de la literatura de su tierra a través de Cajamarca, caminos de poesía (2006), que reúne a buena parte de los poetas de toda la región, y de Poetas de Cajamarca (2008), obra audiovisual comprendida por dos DVD. Sería bueno, sin embargo, rastrear a fondo su trabajo lírico personal disperso en varios estudios, revistas y antologías especializadas. El año pasado (2011), Socorro Barrantes fue condecorada por el MIMDES con la Orden al Mérito de la Mujer, en la categoría de Desempeño de su Profesión.
Cabe resaltar, asimismo, la obra de escritores que caminan junto a éstos, como la de Wilson Izquierdo González, natural de Moyobamba (Amazonas), pero con residencia en Cajamarca desde los 12 años de edad. A través de libros de narración breve como el anecdotario La marcha del Shaplinco (2006) y el volumen de relatos Al pie del Cajamarcorco (2009) muestra la riqueza de la tradición popular ligada tanto a lo rural como a lo urbano-andino. Mucho del candor y el sarcasmo de los personajes convierten a estas historias en humanas, jocosas y atractivas.
Jaime Abanto Padilla es poeta, crítico y comunicador de profesión. Destaca actualmente en su labor de periodista, oficio en el que se desempeñó como director del diario Panorama Cajamarquino (2008 - 2010). Abanto es autor de varios libros de poesía, entre los más destacados: Balada de los insectos yVano epistolario. Seleccionado para diversas publicaciones especializadas del Perú y el extranjero, y ganador de algunos premios, su poesía puede leerse en el blog Jaime Abanto Padilla / Poesia Elemental.
Elmer Rodas Cubas (San Miguel) es autor de Islita serrana, novela que constituye su ópera prima pero que sorprende por el intento de Rodas de ser amplio y versátil con el lenguaje, dentro de un marco creativo que circunda el estilo costumbrista aunque sin llegar a encasillarse en éste; y donde el escenario aldeano-andino no es visto solo de modo pintoresco, sino también crítico.
Otro autor de interés es César Mejía Lozano (1963), con residencia en Bambamarca pero de presencia permanente en la capital de la Región. Reconocido en certámenes regionales y nacionales, Mejía ha alimentado su producción creativa con libros de poesía, cuento, literatura infantil y una importante obra psicopedagógica.
Jack Farfán Cedrón (1973) es un joven y dinámico poeta, autor de numerosos opúsculos y volúmenes breves; algunos de éstos son: Pasajero irreal, Vironte (2005); la serie de plaquettes Al Castor (2006); Ángel, El leve resquicio del amor (2007); Ángeluz, Series absurdas (2009); Gravitación del amor (2010); El Cristo enamorado (2011) y Amar en la desaparición innombrable (2011). Asimismo, anima el blog El Águila de Zaratustra. Su impetuoso amor por la literatura combina muy bien con su juventud y la perspectiva de una prometedora carrera literaria.
No puedo exceptuar la presencia de Nequisa (seudónimo de Neptalí Quispe Sánchez), abogado de profesión que se maneja bien en la creación literaria. Su más reciente novela, Macarena y el zapatero, acaba de entrar en circulación, siempre dentro de la motivación social vivificada por su visión crítica de la realidad.
Antes de terminar, es justo resaltar el trabajo permanente de editoriales y entusiastas animadores literarios de la localidad como Manuel Rodríguez Gutiérrez, director de Cuervo Blanco Editores; Walter Portilla, al frente del importante sello Martínez Compañón, cuya calidad nada tiene que envidiar a las mejores editoriales de Lima; o de lo que hace la propia Municipalidad Provincial de Cajamarca que publica regularmente a escritores de la Región.
De hecho, muchos títulos mencionados en este artículo traen el sello del Fondo Editorial de la Municipalidad Provincial de Cajamarca; asimismo, la reciente apertura editorial de la Universidad Privada Antonio Guillermo Urrelo (UPAGU) que hasta el momento ha publicado la obra de más de un escritor, y no necesariamente cajamarquino.

Huelga decir que Cajamarca es uno de los más importantes focos culturales del Perú, y su rica tradición literaria es el mejor sostén para que no perdamos de vista a esta ciudad que no solo brilla por su cantidad sino también por su calidad literaria. Los cajamarquinos se sienten orgullosos de lo que tienen, y conforme uno conoce la aptitud humana de sus escritores así como la alta sensibilidad de sus producciones, termina contagiándose de ese sentimiento. Estuve un año y medio en la ciudad de Cajamarca, pero su literatura se me ha quedado en el corazón y en el alma para toda la vida.

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